VIAJEROS

slava-bowman-1

Slava Bowman (Unsplash)

 

Calla. Existes solamente en la quietud de este universo silencioso. En ese tiempo donde vuelo, lejos del bullicio de una multitud sin brújula, que atraviesa mi alma transparente tratando de llevarse tu color, tu risa, mi sueño.

Duerme. En ese espacio cincelado de locura siempre te encuentro, cerca o lejos, ayer, mañana o siempre… Y cuando llegue el día no despiertes, que habito esa mirada perdida entre el amor y la dicha.

Respira. En cada curva de esta piel verás crecer un jardín infinito.  Imagino el aroma que desprende tu beso, esa flor que desnuda mi cuerpo.

Sueña. Soplaré esta nube maldita del calendario y mojaré de lluvia los días en que no estás, dejando una marca en cada paso donde te pienso. Para que no te pierdas, para que se escriban las hojas de este corazón.

Somos viajeros en esta coincidencia llamada tiempo. Te veo y no sé dónde estás. Te quiero, aunque ahora no importe. Yo no sé adónde voy… Tú, ven.

© Nur C. Mallart

Anuncios

Cuando ya no estás

jordan-bauer-2

Imagen: Jordan Bauer (Unsplash)

Cae la tarde y el cielo ha querido pintar mis ojos de nostalgia. Perdí el rumbo buscando entre unas cajas aquellas fotos vacías de memoria, y encontré unas alas, están rotas. Quizá el colibrí que a veces golpea mi ventana se haya atrevido a mirar, quizá sepa qué hacer con ellas. Solo sé que en aquella imagen de sonrisa congelada, he tratado de buscarte, de recordar, de imaginar lo que tuvimos sin besarnos, ni una vez.

¿Cómo fue que pudimos tocarnos con solo mirar o en aquella melodía de la voz? ¿Cómo fue que nos volvimos cómplices de una vida tan huérfana, tan lejos el uno del otro?

Seremos todo lo que decimos a través de este silencio que alimenta las ganas de tenernos sin hacer ruido, en un lugar sin espacios ni tiempo… Allá, en ese mundo inventado por los dos, donde mueren los disimulos, los “me duele”, los “te extraño” y besamos tantos “te quiero” en la pared.

La sombra del baile de los árboles se dibuja en la persiana, es una bandera a media asta. Atravieso mi dolor sin respirar, como los sueños que mueren en mis ojos cuando ya no estás… Ya no estás.

Esta noche vendrá a cubrirme de lluvia, yo apagaré las estrellas. No quiero regalar la mirada mojada a esa luna que se esconde de ti, no pisaré la arena que te amó, donde alguna vez lloré tu nombre. Escaparé del viento, no quiero que regrese la frescura que sentí, que me robaste.

En esta habitación, la esperanza duerme agarrada a una almohada tejida de historias sin risas ni final. Es un pequeño rincón donde el alma es el refugio falso, la prisión.

No sé si podré pensarte de nuevo, hay cartas sin tinta volando hacia la nada, olvidamos escribir al corazón, lo dejamos en blanco, y casi lo matamos. Y ahora, ¿qué? Ahora me toca imaginarte a través de una ventana que amenaza con romperse sobre mí, para dejarme ciega de paisaje y muerta de frío… Dejando entrar esa brisa que me duele, esa caricia tuya que solo existe en el invierno.

Esta entrada del diario pertenece al #Desafío30 días de escritura“, #Día4 de Maitena Caimán.

© Nur C. Mallart

Canción dormida

worthy-of-elegance2

Imagen: Unsplash / Worthy of Elegance

 

Me enredo en el murmullo de tu vida

desde la vacuidad de este espacio lejano,

lleno de ti.

Llueve sobre el lienzo azul de tus ojos,

el silencio de un amor imaginado.

Frágil, la vida es el cristal que me detiene,

que hiere sin tocarnos.

En medio de mil mares que nos rugen,

ahogo mis días sin calor,

y escribo en el exilio de este cielo

sin estrellas, la nota de tu voz.

Amar a lo invisible es mi condena,

pero hallo en el fuego de este caos

un grito de esperanza,

el beso que sacia cualquier pena.

Tú, letra arrugada en mi alma escondida,

la luna en mi ventana,

y el baile que llora suspendido

en el sueño que robó mis madrugadas .

Tú, secreto guardado entre mis ropas,

la música que mueve mis sentidos,

y el reloj atrapado en la canción

del tiempo adormecido que no fuimos.

© Nur C. Mallart

 

 

Descalza

amor amor

Pinterest

Cuando sobra la piel,

no hay caricia que se ajuste a un alma rota.

Atada por el yugo entre mis pies

lloraban mis sueños, para morir después.

Donde ayer se apagaron las estrellas,

hoy me bordan las flores de tus labios.

Vuelo ligera, como nube arropada por el viento,

entre tus brazos.

Camino descalza,

me enredo entre tu pelo alborotado.

Me visto de ti,  y en el ritmo agitado de tu piel,

bailo…

© Nur C. Mallart

La vie en rouge

 

12494746_10153270324607761_2500321196831203127_n.jpg

Imagen: autoría de Rossana Téllez

 

En el destello de esta luz

que besa mi ventana,

desnudo la mañana de cordura

y me visto de ti,

a una distancia demasiado calculada,

lejos de mí,

entre ese espacio

en que me habitas

y un tiempo de tortura.

Muero de ti,

en el débil latido

que nace de un corazón

teñido de esperanza.

Bajo este cielo carmesí

que a veces compartimos,

rasgo las horas

y trazo un plan soñado

entre tus ojos y los míos.

No me ves,

respiro entre tus labios

y acaricio ese momento

con el beso traicionado

 que soplo en el espejo.

No invoco tu presencia

para amarte,

me abraza la ilusión

de imaginarte hoy,

en la aurora que contemplo

y que cincela este pecado

 en un hueco de mi alma,

y en las espinas de las rosas

que deshojo con

cada oración pronunciada.

Soy la nota que sueña con

tocarte en el suave

susurro de tu guitarra.

Mi eterna primavera

es la alegría de tu voz,

y tu risa,

el aire que me falta.

Vivo sin ti en este silencio

que transito,

pero en el grito ahogado

de mi corazón,

estás siempre conmigo.

© Nur C. Mallart

Paisaje yermo (colaboración para Salto al reverso)

Salto al reversocorazón pixabay

Imagen: Cortesía de pixabay.com con licencia Creative Commons para uso comercial

Araño la nostalgia del árbol deshojado

que impávido ha mecido mis horas,

y titila adormecida aquella luz

de un bosque color sepia encadenado.

En los besos que saltaron al abismo

se desdibujan los pájaros del horizonte.

Grita tu requiebro en el silencio de mi tumba

y crece la sombra enmohecida de tu nombre.

Existes en la nada de estos labios baldíos

y en la gélida aurora que se evoca, y muere.

¿Por qué guardar estos secretos vacíos?

Cenizas de este sol que no amanece.

La lluvia de mis ojos desvanece el tiempo,

pisado entre las flores que sembramos.

Y lloran sin tregua ni color las nubes,

caricias de terciopelo entre mis manos.

© Nur C. Mallart

Colaboración para Salto al reverso

Hay días…

Imagen: Pinterest

Imagen: Pinterest

Hay días en los que el alma pesa, la vida duele y los pies no avanzan.

Esos días en los que, queriendo, se corta el aire, se alarga la sombra y la voz se ahoga.

Hay días en que se espera la noche con aquel desenfreno del mar golpeando las rocas.

Días en los que te amo aunque no te tengo, madrugadas que hielan un deseo sin cuerpo.

Hay días donde las nubes se ocultan, el sol es etéreo y la lluvia no moja.

Mis días son esas horas contigo pero sin ti, a destiempo… Lánguidas, indomables, rotas.

Hay muchos de esos días, tantos como heridas.

  © Nur C. Mallart

EL VUELO INFINITO

Ella —no importa aquí su nombre—, soñaba siempre en colores hasta que una tarde cualquiera, sin previo aviso, se le reventó un globo. Entonces recordó el suceso de días atrás, cuando otro se le había escapado por la ventana. En aquella ocasión intentó atraparlo de forma desesperada, pero el globo, empujado por el aire, se elevó azaroso hasta casi alcanzar una hilera de nubes grises y se perdió de vista, al igual que todo lo que había deseado conseguir en la vida. A él también, alguien inalcanzable y demasiado importante, tanto, que ella se sentía demasiado común.

Él tenía casi todo lo que deseaba y mucho más. Sin embargo, ella se consolaba con pintar sus anhelos en una pared o escribirlos hasta rendirse al sueño. Él, de cuyo nombre a veces prefería no acordarse, se despertaba ciego por tanta luz artificial y moría cada día un poco, sediento del paisaje y el calor que, todavía sin saberlo, sólo ella, auténtica y veraz, podría darle.

Ella necesitaba cerrar sus ojos para estar con él y él en un sólo parpadeo se rodeaba de un enjambre de reinas vanidosas y complacientes. Pero él, a veces imaginaba un mundo más pequeño, el mismo donde vivía ella, una galaxia lejana y cercana a la vez, un espacio tejido de estrellas que abrazara a dos mundos.

Una mañana de mayo él compuso una canción que hablaba sobre ella. Ella sonrió imaginando que quizá él podría mirarse en sus ojos o inspirarse en su fino y delicado cuerpo que no tenía ni de lejos el glamour y la perfección al que él seguramente estaría acostumbrado.

Ella, en sus momentos de calma y sosiego escuchaba esa canción, en un ansia de conocerlo un poco más y él, la tarareaba casi a diario para salir de una realidad aparentemente impecable y completa.

Al final del día, ella guardó el globo reventado en un cajón, como quien a pesar del dolor se empecina en atesorar un corazón roto. Mientras ella trataba de llenar esa hueca ilusión, en otro punto del universo, él llegaba a un reconocido teatro donde una multitud lo esperaba para celebrar el lanzamiento de su primer single. Ella se hundió en el sillón y permaneció atenta a la televisión. Se imaginó allí, caminando ufana de su brazo. Mientras él, mantenía una sonrisa arcaica y atendía con un desmedido entusiasmo a la prensa para huir de las enloquecidas fans que peleaban por un autógrafo, una mirada o una foto robada.

Ella lloró colgada en la añoranza de un tiempo en que creyó que sería feliz, mientras con el dedo índice acariciaba su nombre en una página húmeda. Y casi al amanecer, se durmió repasando en la mente las primeras líneas de un diario más ideal que íntimo.

Él, casi ahogado en alcohol, deshizo el nudo de su corbata y se sentó en la cama de aquel nuevo hotel en aquella desconocida ciudad. Apuró el último trago del whisky que pidió minutos antes y con su pulgar repasó las imágenes de su teléfono móvil con desgana, como un condenado que lee su sentencia de muerte.

Cuando despertó, ella tenía los ojos hinchados y trató de evitar la luz del nuevo día ocultándose bajo las sábanas. En la habitación de aquel hotel, él se recostó sobre la cama y miró hacia la ventana. Vio un globo, el único que sobrevivió a aquella extravagante fiesta nocturna. Se había enredado entre las plantas del balcón. Sonrió dejando caer el vaso que sostenía sobre la alfombra. Recordó las fiestas infantiles de la escuela, el olor a comida casera en el jardín de la vivienda familiar, el suave tacto de su madre apartándole un mechón de su cabello y, años después, el primer beso en su dieciséis cumpleaños. Echó de menos aquella vida y al muchacho que fue.

Ella se dirigió al trabajo como un autómata. La música fluía a través de sus sentidos, era el refugio donde descansaba su alma y donde vivía amorosamente libre con él. Decidió cambiar el rumbo habitual y atravesó el parque descalza. Era temprano y el rocío de la mañana se sentía como un bálsamo bajo sus pies. Deseó quedarse ahí todo el día y de noche, buscaría escapar de aquella vida para siempre. Pensó en él, en su guitarra y en aquella última canción, para ella, de él, para los dos.

Finalmente se levantó y metió el globo en su habitación. Lo ató a una silla frente al escritorio y se sentó. Entonces, invadido por un gozo secreto cerró los ojos y la vio a ella. Sus labios quisieron recorrerla saboreando otra canción:  Someday, somewhere far from this gray, I will be in the blue of the sky. Can you see the color of this big balloon? This is my life that talks about you, who loves you but does not see you… (Traducción: Algún día, en algún lugar lejos de este gris, voy a estar en el azul del cielo. ¿Puedes ver el color de este gran globo? Esta es mi vida que habla de ti, que te ama aunque no te ve…

© Nur C. Mallart