Nocturno de escritora

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Louis Blythe (Unsplash)

 

Escribo. En esta noche cerrada a las musas la locura me protege, es mi fiel compañera, la soberana.  La tinta sangra para que no se detengan las palabras; el alma se envenena cuando no se derrama.

Escribo. No enmudezco esta voz, escapo a una muerte lenta y agónica, ¡que beba mi sed! Mi espíritu es una pluma al vuelo, que me desafía, me delata. Hoy escupe lo que soy y mañana me ama.

Escribo. La luna inventa otra luz en este cielo mío, teñido de letras y escarcha sin flor. Yo, sin mí, estallo sobre esta hoja en blanco ansiosa de vida, de muerte y de dolor. Y en la negrura de este aire que me habita sacudo la alegría, la tristeza y el placer.

Escribo. En medio de este silencio que lo llena todo yo me vacío, me entrego, me arranco esta piel y hiervo en el fuego eterno de la palabra, llama viva que alumbra y apaga un corazón abierto. Se quemará el papel,  no el sueño.

Escribo. Soy un animal escondido en la sombra que baila en la pared. Respiro su poder, lamo mis heridas y las abro otra vez. Es tiempo de vivir para escribir, de rendirse al poema o de morir.

© Nur C. Mallart

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LA VOZ DEL SILENCIO

 

Esta mañana desperté entusiasmada con la idea de ponerme a escribir y a escribir derramando ideas y palabras a lo loco hasta encontrarle voz y ojos a lo que, incesantemente, golpea mi cabeza. Es curioso como, en mi locura, todo parece encajar a la perfección si me lo propongo.

Lo cierto es, que llevo días mirando a través de la ventana tratando de inspirarme y… sí, sé que la inspiración de esta semana vive enfrente.
Ella es una mujer de unos 70 y largos años, aunque hoy parece centenaria. Él… en fin, seguro que cercano a la edad de su esposa.
Este tiempo de reconocer a dos bellos seres viviendo sus días en una serena y delicada cotidianidad se ha convertido en una pequeña y gran lección de vida para mí. Ha sido como estar leyendo una novela con el ansia de seguir su lectura,con el deseo de que no se acabé jamás. Ahí está la clave, todo acaba.

Ella se llama Esperanza y él Ángel. Ella, ayuda a su marido a ver la vida más clara a través de sus pequeños y cansados ojos azules. Él… en fin, energía y fuerza para seguir con paso firme y sin detenerse mientre Dios se lo permita. Don Ángel es el camino a seguir, doña Esperanza es todo lo demás.

Sonrío cada vez que mis ojos se topan con semejante espectáculo. La magia y la dicha de una vejez compartida y un amor que con el devenir de los años se ha transformado en una dulce y callada compañía. No parece ser necesario decir nada, ni siquiera escribirlo, porque todo está marcado y cuidado en las ancianas manos de dos vidas.

Me digo a mí misma que soy muy afortunada de que cada día tenga esa milagrosa visión, esa inspiración.

Sigo disfrutando de esta novela mientras el pálpito de mi corazón se acelera. El ritmo ha cambiado… Cierro los ojos tratando de borrar la imagen que ha impactado en mi mente. No, eso no puede ser, decido volver atrás y repasar unas líneas.

Doña Esperanza lleva días saliendo sola. Se ve un poquito desmejorada pero es normal, la edad no perdona. Sus ojitos parecen algo hinchados y apagados. Trabaja demasiado, es eso. Debería dejar, como casi siempre, que don Ángel la ayude un poquito más. Hoy carga poquitas bolsas de la compra, pero igualmente es mucho peso para ella sola.

Mirar a través de mi ventana se ha convertido casi en una obsesión. Y es que en muchas ocasiones la espero, porque ella saluda a mis hijos y les hace reír. No sale, su ventana luce como bandera a media asta.

Mi pluma, frágil, se detiene ante una inspiración surgida de la dura evidencia. Don Ángel hace demasiados días que no se ve, aunque dejó un rastro, un rayito de luz tras su ventana. Pero quiero seguir escribiendo porque, a pesar de este dolor que me conmueve, doña Esperanza permanece.

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© Nur C. Mallart

  

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