CUMPLIR UN SUEÑO

Os comparto el video de Inti Training & Coaching (http://www.inticoaching.com) , un ejemplo de lo importante que es ponerle energía y entusiasmo a tus proyectos e ilusiones. ¿No te crees capaz de conseguir tus propósitos? Ve esto y convéncete de que solamente TÚ eres responsable de tus éxitos y logros si estás dispuesto/a a ir a por ellos. Lo más importante es el primer paso… y luego ¡ve lo que puede suceder!

 

 

 

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LA VIDA NO ESPERA

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En el bolsillo de un viejo abrigo ella encuentra aquel trozo de papel que durante tanto tiempo guardó el teléfono, ya borroso, casi agónico, de alguien que una vez pasó por su vida como un fugaz instante de posible felicidad. Apenas recuerda aquella tarde, solamente el primer boceto de un dibujo flotando vago en su cabeza, una mesa para dos con una silla vacía, y al fondo, en un rincón de aquel café que la resguardó del frío de su alma, unos ojos negros y una seductora sonrisa  arrebatadoramente eterna. Las marcas del tiempo en la piel hunden sus horas, y trata de esconder entre el humo del café las ganas de querer, y moja su deseo en cada sorbo hasta quemarlo por completo. Entonces se desliza sobre su mesa un papel, y la rozan unos dedos… porque la vida no espera.

Pasan los días, los años y el fin de los tiempos. Sentada ahora en su sofá, cubriéndose de aquel invierno que nunca se fue, con un abrigo y un trozo de papel arrugado de tristeza donde escribir, si queda un hueco, un número largo de invitados imaginarios a la última cena.

 

©Nuria Caparrós Mallart

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EL CALCETÍN ROJO

Se pasó una hora buscando el calcetín rojo. Nacho sabía que ese hallazgo sería imprescindible para cambiar la historia de su vida.
Era un día gris y Nacho había amanecido con la misma sensación que los días anteriores. No habría nada interesante sobre lo que escribir en la redacción. Su jefe lo tenía acorralado como a un ratón, su único espacio digno en aquella madriguera era una pequeña mesa en un rincón poco luminoso en la sección de “Vanidades”. Tantos años de estudio y preparación para acabar en el departamento más mediocre y superficial de todo el periódico. Sus compañeros, la mayoría mujeres, se paseaban por la oficina pavoneándose de lo interesante que era estar en contacto con la alta sociedad y asistir a eventos sociales para enterarse de las miserias de hombres y mujeres que vivían en una burbuja de lujo y cirugía plástica.
Ese lunes por la mañana mascaba con desgana chicle de nicotina en su coche. El calor era asfixiante. Abrió su ventana y el ruido de la calle lo distrajo un segundo. La fila de coches delante de él parecía interminable, sacó la cabeza y el semáforo estaba verde pero nadie avanzaba. Consultó la hora.

El sonido de los cláxones era cada vez más intenso. La gente empezaba a salir de sus coches desesperada.
– ¡Bah! como si eso fuera a acelerar la circulación- dijo fastidiado.
De repente escuchó el grito cercano de una mujer. Nacho miró a su derecha y vio a un tipo apuntando a una joven con una pistola.
– ¡Que salgas del coche te digo!- gritó golpeando la puerta.
Nacho escupió el chicle, notó que las manos le temblaban y se le secó la garganta. Se escondió bajo el volante y con su mano derecha trató de bajar un poco más la ventanilla del asiento de al lado.
– ¡Sal o te vuelo la cabeza!- amenazó el asaltante que ocultaba su rostro con un calcetín rojo.
Nacho supo que tenía ante él una oportunidad para hacer algo importante en su vida.
Levantó un poco la cabeza y observó que la gente empezaba a huir de sus coches atemorizada.
La chica salió de su auto con la cabeza gacha pidiendo que por favor no la matara. El tipo la agarró del cabello y la empujó contra el coche. Le puso la pistola en la cara:
– Dame todo lo que lleves encima y me acompañarás a un cajero ¿entiendes?
Nacho logró salir de su coche despacio, respiraba agitado pero sentía que una fuerza ajena a él lo empujaba sin freno a ayudar a aquella pobre muchacha.
El delincuente apretó el cuello de la chica que gritaba de terror.
Nacho se puso de cuclillas delante de su coche, se arrastró como una serpiente por debajo del motor y logró salir de nuevo por el otro lado hasta ver los pies del atracador que seguía hostigando a la chica. Ésta empezó a sacar las cosas de su bolso y el delincuente miraba de un lado al otro pendiente de la llegada de la policía.
– ¡¡Date prisa te digo!!
Las cosas del bolso cayeron al suelo y la chica se agachó tratando de recogerlo, vio a Nacho y abrió los ojos como platos. Él selló sus labios con los dedos. La chica entendió y siguió recogiendo con prisa.
– ¡¡Inútil!!- gritó el asaltante. Pateó a la chica que cayó sentada.
En ese instante el tipo puso la pistola en el bolsillo trasero de su pantalón y se agachó a recoger. Nacho alcanzó a quitarle la pistola desde el suelo y salió rápidamente de su guarida. Sorprendió al atracador que se levantaba de nuevo y Nacho lo apuntó con la pistola sin titubeos.
– Quítate el calcetín y deja la billetera sobre el coche, ¡ahora!- gritó Nacho.
A lo lejos se escucharon las sirenas. Nacho se adelantó un paso sin dejar de apuntar con la pistola y el tipo aprovechó la puerta abierta del coche de la  chica para desaparecer por el otro lado.
Escapó sin el calcetín rojo en su cabeza. El calcetín era la prueba y ni rastro de él.
Nacho entregó el arma a la policía y explicó lo ocurrido junto a la chica y algunos testigos.
– Soy Gemma, no sé cómo agradecerte.- Él le acercó un pañuelo.
– Lo importante es que estás bien. Te llevaré a casa.
Gemma asintió y metió la mano en su bolso.
– Por cierto, encontré esto en mi coche- dijo la chica mostrando el calcetín rojo.

– ¡Dios! – gritó Nacho poniéndose las manos a la cabeza.

– Olvidé dárselo a la policía. Estaba tan nerviosa….- bajó su mirada – Hoy ha sido el peor de mis días.

Nacho sonrió con ternura.

– Sin embargo, tú has sido lo mejor de mi día. Este  calcetín atrapará al delincuente Gemma, y serás la protagonista de mi mejor historia.

Le puso la mano en el hombro.

– Vámonos, a celebrar que hoy nació una heroína y una buena historia.

El tráfico avanzaba, Nacho sentía que su vida también.

                                                                                                                                                                                                                                                                         ©Nuria Caparrós Mallart

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CIERRE DE PUERTAS (Concurs Relats Curts TMB 2013)

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Desde la muerte de Tarek había decidido tomarme la vida con más calma. Había experimentado la muerte en algunas ocasiones, dos de ellas fueron muy cercanas y a temprana edad, pero la partida de Tarek fue un hecho que me impactó hasta el punto de hacer un cambio radical en mi vida.
Dejé de fumar de la noche a la mañana, despedí a mi trabajo, me apunté a un gimnasio y vendí el coche para desplazarme en transporte público. Nunca creí que la muerte pudiera convertirse en un empujón hacia un cambio de hábitos y de rutina.
Tarek tenía 29 años cuando una fatídica mañana de este abril decidió emprender su último viaje. Nadie supo por qué, se llevó ese motivo a la tumba y ahora que lo pienso, qué importa. Se fue discreto y fugaz..
Nos habíamos conocido en una actividad literaria hacía apenas dos años y seguíamos compartiéndola. Con él había conocido, sin tocarla, la arena, la cultura y la escritura árabe.
Aquella mañana bajé las escaleras del metro con un ritmo inusual. Normalmente me fijaba en la frecuencia de paso del convoy para alcanzarlo pero en esa ocasión me dejé llevar por una especie de inercia que me decía “tranquila, para qué corres, nadie te espera. Tarek no estará hoy en la clase, te tomarás el café sola en el bar de siempre, quizá coincidas con algún compañero de curso y mantengas una conversación trivial. O quién sabe, quizá inicies una nueva amistad, si es así, tómala con calma, y al café también.”
Reí para mis adentros, era como escuchar a Tarek en uno de sus habituales discursos sobre el sentido trascendente de la vida, era un poeta. Quizá sí había que trascender en nuestra existencia pero había algo claro y simple en mi manera de ver las cosas ese día, él ya no estaba y sus discursos hoy no me servían de nada.
Llegué al andén de la línea 5, en Congrés acostumbra a haber poca gente a media mañana. Hasta lo agradecí. Seguía inmersa en mi nube mental y física y de repente un silbido me sacó de mi letargo. Acababa de llegar un tren, luego otro y hasta pasaron dos más. Un adolescente miraba entusiasmado la pantalla horaria, estaba ansioso y feliz por llegar a su destino. Me fastidió esa imagen y pasé a un estado de incómoda aceptación. No sabía el tiempo que estaría sentada ahí, esperando quien sabe qué y pensé que no sabemos el tiempo que nos tocará estar todavía aquí. A veces lo decidimos nosotros, como Tarek, otras nos sobreviene por sorpresa. Me senté y observé a la gente a mí alrededor. Unos pocos se mostraban inquietos paseando de arriba abajo del andén, otros, con intensa calma esperaban leyendo o mandando mensajes por el móvil. Yo me mantuve en un momento de reflexión, quizá hasta decidiera dar marcha atrás y faltar a mi curso. De repente vi la luz en el túnel, se acercaba el quinto tren. La gente acumulada avanzó lo más cerca de la línea de espera para abordar rápido. Yo seguía sentada, sin la más mínima intención de reaccionar.
Cuando llegó el tren todavía me quedé observando un poco más a la pequeña multitud repartida en el andén. Sonó un fuerte pitido, se anunciaba el cierre de puertas. Boté del asiento y me precipité a la puerta. Alguien me estiró del brazo evitando así que me quedará atrapada.
“¡Gracias!” alcancé a decir.
“¿Estás bien?”. Me topé con una preciosa mirada, y además conocida. Era Pau, compañero de curso. Un desconocido para mí hasta ese instante en que, sin saberlo, permitió que el cierre de puertas me abriera a una nueva oportunidad en mi día.

© Nuria Caparrós Mallart

 

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LA SCHEREZADE

De petita sempre somniava en ser una princesa d’aquells contes que escoltava a l’escola i el meu desig venia sempre teixit per l’instant de màgia que pogués donar-me el príncep de la història en qüestió. El príncep ben plantat, valent i decidit a salvar-me de la pitjor de les sorts o potser d’un drac afamat o d’una bruixa amb set de venjança, també hi podria aparèixer una madrastra envejosa o en definitiva un món daurat que no deixava de ser una presó per aquella princesa, jo. Tots aquells perills imminents possibles en la meva imaginació de princesa eren tan reals com la vida mateixa.

Quina emoció sentia en pensar-hi: una princesa… De cabells llargs i ondulats com el ball de la mar, de galtes rosades, de pell blanca i cabells d’or, tocada pels àngels. Una princesa fina, de figura delicada, tendra, dolça en els seus gestos i sobretot formosa com la lluna i delicada com una rosa. Una donzella preparada per als seus temps, culta, sàvia, eloqüent i comprensiva amb les causes més justes. La reina del seu poble, el desig dels més joves, el somni de tota noia, el meu somni.

A més viuria en un gran palau blanc com la seva puresa, de llargues i amples avingudes, amb jardins plens de contrastos i matisos de color, fonts i dolls d’aigua on de tant en tant, treiés el cap alguna granota màgica. Una d’elles podria ser el seu príncep encantat. Quin misteri, amb un sol petó trauria l’entrellat d’aquell secret, en un petó es fondrien les ànsies d’estimar de la jove i bella princesa i l’anhel de llibertat i de ser salvat un príncep víctima d’algun conjur malèfic que l’hauria fet viure com a amfibi de per vida. Un amor que hauria vençut els obstacles més alts i inimaginables. Aquell amor seria per sempre, per ser un d’aquells que no moren al morir-se… Reneixen en les històries que ens expliquen els llibres, els pares, els avis, els mestres, fins i tot els nens. Històries de castells amb princeses, d’intrigues i paranys, de ponts llevadissos, de camins secrets, d’encanteris amb prínceps encantadors, de dracs i fades, d’homenets i bruixes, de pocions màgiques i bruixots que volen i es fan invisibles, de nits de lluna plena i dies d’eterna primavera.

La princesa que habitava en el meu cor de nena no podia pensar en un món millor que aquell, només hi havia una princesa, jo. Una petita flor de la reialesa que enfrontava un món ple de possibilitats i de somnis per realitzar. Si algun somni s’estripava, la princesa sabria cosir-lo de nou, sense fer-se mal amb una agulla enverinada, tot seria senzill perquè era una flor protegida i estimada que no coneixia res més que no fos el quadre pintat per ella, de variats colors i lluminoses pinzellades…. Un motiu feliç era el que pintava perquè res li era estrany, era la senyora del seu món, el seu món de princesa amb somnis de reina.

Un bon dia va poder observar més enllà de la seva finestra el moviment ràpid i àgil d’algú que corria en el laberint del seu jardí.
La princesa va sortir aleshores, una mica temorosa, per observar de més a prop aquell intrús que havia gosat trepitjar el seu somni ja construït.

Malgrat la por que sentia, alguna cosa la va empènyer a endinsar-se dins d’aquell laberint i va cridar: “qui hi ha?”. Ningú no responia, el silenci era gairebé ensordidor. Darrera seu es van moure unes fulles i la princesa sobresaltada va córrer esgotant tot l’alè per atrapar aquella ombra. Era estrany, sabia que estava perfectament sola i que en cas de perill ningú no podria ajudar-la encara que cridés fins a emmudir, però la por inicial s’anava esvaint, el desig de topar-se amb aquella ombra era més fort que res, alguna cosa la impulsava a perseguir-la, potser la intuició de que res dolent podria passar-li, aquell joc semblava divertit.
“Qui hi ha?” cridava de nou. La lleu brisa la va acaronar i semblava que tornava a recuperar l’energia perduda en aquell afany d’aventura. Va respirar fons i una veu li va dir: “Has escoltat mai la història de les mil i una nits?” La princesa va sentir un fort batec al cor i com hipnotitzada es va dirigir cap a aquella veu misteriosa, d’una dolçor indescriptible, d’un accent estranger potser però familiar.

“Vine..” li tornà a dir la veu, “Vine i seu al meu costat Noor.” La princesa es va dirigir cap a un camí il•luminat, ple de flors i ocells exòtics que no havia vist mai. Una estranya boirina l’envoltava, era una mena de fumera perfumada, incens potser o suaus essències i de fons una música que la convidava a caminar gairebé ballant. Era una música llunyana, de ritmes i cadències sensuals, que parlava d’altres princeses que vivien en palaus de colors, de pells brunes i ulls clars, de cabells negres i també daurats, llisos o arrissats, d’ulls cafè i pell negra, que viatjaven en catifes voladores amb els seus prínceps estimats en nits de mitja lluna. La veu la continuava acompanyat “Vine Noor, acosta’t. T’explico una història? Saps de les mil i una nits?”.

En arribar gairebé al que era el final del camí va veure la presència digna i bellíssima d’una noia de mirada càlida i profunda, de llavis fins i somrients, de pell blanca com la seva i que duia un vestit de colors vius, de seda fina, amb monedes d’or penjades al voltant d’una esvelta cintura. Monedes que movia al ritme de la música llunyana i màgica que les acompanyava.
Aquella imatge va copsar la Noor, la enlluernava i la va fer somniar per segona vegada. De sobte va imaginar el seu propi món dins d’aquell altre que l’havia sorprès aquella tarda.

“Em dic Sherezade. La princesa d’un país d’Orient, diferent al teu però molt proper. Sé que no n’has sentit parlar mai però t’agradarà fer-ho”.

La Noor se la mirava amb la boca i els ulls ben oberts, com si veiés un àngel, o una fada, com si fos un mirall de si mateixa però transformada, s’hi reconeixia. La Scherezade no semblava ni d’aquell ni de cap altre món. Era especial. Ella era del seu propi món, no pertanyia a cap altre, no podia ser. Era una princesa, no hi havia cap dubte, però missatgera de Déu, ella venia a mostrar-li el país dels possibles, de l’amistat veritable, de les sincronies, de la màgia real no la dels contes, del coratge i la valentia que viu en cadascú de nosaltres no només en els prínceps, dels camins infinits que Déu guarda per nosaltres, del dolor i de les llàgrimes, de la superació i l’esperança.

Van seure al voltant d’un foc tal com s’expliquen les millors històries i la Noor li va demanar que li expliqués aquell conte de les mil i una nits, que li parlés de la seva terra, de la seva gent, d’aquelles catifes voladores i de la mitja lluna. Dels prínceps que vesteixen de vius colors i van en elefant, que canten a les seves princeses asseguts a les finestres de les seves cambres, que les salven de gegants i serps, de guerrers i trampes, que les fan somniar per la nit i durant el dia, que les fan viure aventures més enllà dels contes.

La Sherezade coneixia molt bé tot allò i li ho volia compartir a la Noor, perquè sabia en el fons del seu cor que ho entendria.

A partir d’aquell moment, cadascuna des del seu palau es van continuar escrivint i explicant les vides sabent que aquell jardí del Laberint seria el seu amagatall secret, el lloc on sempre que volguessin podrien coincidir i compartir el que només elles sabien: que la màgia d’haver-se conegut les havia unit per sempre i que més enllà d’aquells vestits, d’aquells palaus, prínceps i músiques llunyanes, elles portaven la seva pròpia reialesa dins el propi cor i en el cor de l’altra.

 

© Nuria Caparrós Mallart

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