EL VIAJE DE NANA

 

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A través de la ventana de la habitación la pequeña Nana contemplaba la suave y lenta danza de los árboles. Era una tarde gris y soplaba una fresca ventisca otoñal.

“—Qué fastidio —pensó—, otra tarde sin poder salir al parque”.

Simi, su perrito, un pequeño Foxterrier blanco, movía ansioso la cola.

—Lo siento, Simi —dijo Nana acariciándole—. Hoy tendrás que quedarte en casa.

—¡Guau!

—No, amiguito, hoy no… —se lamentó Nana, observando los destellos de un cielo cada vez más amenazador.

Simi, resignado, se recostó en su cesta.

Nana tenía 9 años y lo que más le gustaba en el mundo era dibujar. Las paredes de su habitación eran un gran mural multicolor de curiosas imágenes. A menudo dibujaba muchas de las cosas que soñaba mientras dormía: escaleras que llevaban a un arcoíris, barcos que surcaban los cielos, hadas y duendes, nubes de chocolate y algodón, lluvia de caramelos, pájaros que hacían sus nidos bajo el mar, peces que volaban, elefantes en bicicleta, dragones mágicos, niños gigantes y papás y mamás diminutos.

Pero Nana casi nunca se dibujaba a sí misma. En el único autorretrato que colgaba junto a la cama aparecía diferente. Era el dibujo de una niña pirata llamada Bella.

“Hijita, eres una niña hermosa”, le decía siempre su mamá.

Tenía una media melena pelirroja que llevaba siempre recogida con dos coletas. Era de piel muy blanca y nariz chata. Sus pequeños ojos color miel brillaban y sus mejillas siempre estaban sonrosadas. Sin embargo, a Nana le hubiera gustado tener los ojos más grandes, ser mucho más alta y que su piel no fuera tan pálida. En la escuela, algunos niños la llamaban “cara de leche” y eso la ponía muy triste.

Además, Nana evitaba verse en los espejos. Ella prefería imaginar que era otra.

—Simi, ven aquí, ¡voy a dibujarte! —dijo Nana entusiasmada.

El perrito protestó con un ladrido, parecía estar muy cómodo en su cesto.

—¡Anda, ven! ¡Tendrás tu premio! —dijo Nana tratando de convencerlo, pero Simi parecía tener más ganas de dormir que de otra cosa.

—Está bien, te dibujaré así como estás…

Se sentó en su escritorio y empezó a trazar las primeras líneas del retrato.

De repente, escuchó que alguien la llamaba:

—Hola, Nana, ¿qué dibujas?

Nana miró a un lado y al otro del escritorio pero no vio a nadie.

—Aquí, Nana, ¿no me ves?

Simi ladró alterado. Saltó de su cesto.

—¿Quién me habla? —preguntó Nana levantándose de la silla.

—Aquí, ¡en la pared!

De repente vio una gran luz junto a su cama, no podía creer lo que estaba viendo.

—¡Por fin! Es imposible que no sepas quién te habla, tú me creaste.

—Pero… ¿cómo? —dijo Nana abriendo los ojos como platos.

—Soy yo, Bella, bueno, en realidad soy tú, ¿no? —carraspeó un poco—. Bueno en fin, ¡qué lío!

Bella era una linda pirata de largas trenzas negras y grandes ojos azules. Llevaba un pañuelo rojo en el cabello y unas brillantes botas negras.

—Pero ¿cómo puedes hablar y… moverte? —preguntó Nana sorprendida.

—No perdamos tiempo con preguntas tontas, ¿vienes o no?

—Ir… ¿pero a dónde? —preguntó Nana.

—Más preguntas, qué pesada. Oye, puedes llevar a Simi si quieres —contestó Bella.

—¡Guau!

—¿Lo ves, Nana? Los animales no son tan complicados —dijo Bella sonriendo.

—No voy a ir a ningún lado —protestó Nana cruzándose de brazos.

Bella resopló.

—Está bien, entonces ¿vienes tú, Simi?

El perrito saltó a la cama y Bella alargó sus brazos para agarrarlo.

—¡Espera! ¡No! —gritó Nana.

—¿Qué te pasa? —preguntó Bella.

—No te lleves a Simi.

—Pero es él que quiere venir…

Simi saltó hacia el dibujo y desapareció a través de él.

Nana se llevó las manos a la cara. Bella la tranquilizó.

—No te preocupes, estará bien… Volverá pronto.

Bella hizo el gesto de irse detrás de Simi.

—¡Espera! Quiero ir con él.

—Ay… —dijo Bella moviendo su cabeza—. ¡Humanos! Ahora no, ahora sí…. ¡Nunca saben qué quieren!

Nana subió a la cama. Bella le tendió la mano y ayudó a Nana a atravesar el dibujo.

Del otro lado apareció un hermoso valle verde repleto de flores y dulces aromas. Simi corría detrás de lo que parecía una mariposa con cabeza de jirafa.

—Es una jiraflor —explicó Bella.

—Sí…. Dibujé algunas para la obra de teatro de la escuela —dijo Nana maravillada—. Pero, ¿qué es este lugar?

—Dímelo tú, ¿no recuerdas haber estado antes?

Nana miró a su alrededor. Bajo la aparente normalidad de un paisaje primaveral, empezó a percibir detalles un poco extraños. Los árboles no tenían hojas sino recortes de papel con diferentes formas, dibujos y letras; las nubes eran de algodón de chocolate y de ellas colgaban unas marionetas que lanzaban una especie de polvillo de colores, entre toda esa lluvia de color volaban peces…

“Mmm… —pensó Nana— ¡Qué bien huele!”.

—Ese polvillo es mágico y hace que todo huela a vainilla, fresa y chocolate —dijo Bella.

—Yo he soñado esas cosas…

—Así es Nana, y en este mundo tan bello vive todo lo que tú sueñas.

—Entonces, ¿todo lo que dibujo está aquí?

—¡Pues claro! ¿A que es muy  bonito? Por cierto, ¿quieres ver a los dragones del Lago?

—¿Mis tres dragones mágicos? —preguntó Nana.

—Sí, son muy simpáticos y son los guardianes del agua. ¡Vamos!

Nana llamó a Simi, que siguió a las muchachas entusiasmado.

De repente, se escuchó una bocina: “Mec mec… ¡Mec meeec, meeeeeeeeeec!”

—¡Cuidado, Nana! ¡Sal del camino! —gritó Bella agarrando con fuerza a Nana de un brazo.

—¡¡Apartaros niñas!! ¿Es que no veis?

Un mono que conducía una nave espacial casi las arrolló.

—Tengo prisa, tengo prisa! —gritaba mientras desaparecía desviándose entre unos matorrales del sendero.

A su paso levantó una gran polvareda.

Pero ¿qué le pasa? Casi nos atropella —dijo Nana sacudiéndose el vestido.

Simi corría en la misma dirección hacia la que desapareció el mono.

—¡Simi, ven aquí! —gritó Nana.

—Ese era Bacho, el mono cartero. Es el encargado de repartir y recoger las cartas Ilusión, siempre tiene prisa.

—¿Cartas ilusión? —preguntó Nana con curiosidad.

—Sí, todos los sueños e ilusiones de los niños llegan aquí. Bacho se encarga de recogerlas y darles respuesta. Por eso estás aquí.

—Pero yo no tengo ilusiones ni sueños —dijo Nana.

—¡Claro que sí! Todo el mundo tiene. Tu ilusión es ser como yo, ¿no?

—Bueno… sí, supongo —dijo Nana frunciendo el ceño.

—En tu caso dibujaste la ilusión y por eso vine a buscarte.

—Entonces, ¿qué se hace con esos sueños e ilusiones?

—Pues hacerlos realidad —contestó Bella sonriendo—. Voy a enseñarte cómo ser yo.

—Pero tú eres un dibujo…—dijo Nana tímidamente.

—Soy mucho más que eso, ¡soy pirata! Soy todo lo que tú imaginas ser.

Nana se quedó pensativa.

—Bella… ¿Por qué tengo que ser un dibujo? —preguntó confundida—. Dejaría de ver a mis padres y a mis amigos, a Simi…

—Bueno, eso no es tan malo, mírame a mí y a este lugar, todo es mágico y especial. Te encantará vivir aquí. Simi sabrá cómo encontrarte.

Bella la tomó de la mano y empezaron a correr. Simi las esperaba en la mitad del sendero.

—¡Corre, Nana! Debemos llegar al Lago antes de que anochezca.

Los tres dragones parecían no estar allí. Había mucha quietud.

—¿Se fueron? —preguntó Nana.

—No,  espera y verás —dijo Bella haciendo un guiño.

En este instante empezaron a moverse las aguas y sonó una bella melodía. Era un suave cántico que casi hipnotizaba.

—Oooh, ¡qué increíble! —exclamó Nana.

Unas pequeñas hadas azules rodearon el lago y lanzaron unas flechas cuya punta era una flor. Eran ellas las que cantaban. Las flechas flor impactaban en el agua que empezó a abrirse y del espacio entre dos aguas salieron los tres dragones escupiendo una lengua de burbujas de jabón y estrellas.

—¡Esto es maravilloso! —exclamó Nana.

Bella la miró sonriendo.

Los tres dragones hicieron una gran reverencia a las niñas. El dragón más grande y barrigón dijo:

—Bienvenidas, pequeñas. ¿Quién es tu amiguita, Bella?

—Ella es Nana, la invité a pasar el día conmigo.

—Encantada —dijo  Nana tímidamente.

—Igualmente, querida. Yo soy Valor… Ella es Fuerza y nuestra hijita, Corazón.

—¡Guau! ¡Guau!

—Perdón, él es Simi… —dijo Nana.

La pequeña Corazón se acercó a Simi y este dio un paso atrás.

—No te asustes, Simi, es una dragoncita muy buena, solo siente curiosidad —dijo Fuerza.

Simi y Corazón empezaron a jugar alrededor del lago.

—¿Por qué cuidáis el Lago? ¿Hay peligros? —preguntó Nana.

Fuerza soltó una carcajada y las dos niñas cayeron al suelo por la fuerte bocanada de aire que se produjo.

—Perdón, perdón… No controlo mi risa todavía —dijo Fuerza.

Las niñas se miraron divertidas.

—En este lugar, mi querida Nana, no hay peligro ninguno. Todos cuidamos de todos.

—Entonces, ¿por qué deben estar siempre aquí? —preguntó Nana con curiosidad.

—Bueno, es nuestra casa y debemos mantenerla siempre en paz. En este lago viven otras criaturas, las hadas por ejemplo, y nosotros, como somos más grandes las protegemos porque algunas son muy traviesas,  je, je, je.

Nana las observó un instante. La mayoría estaban revoloteando alrededor de Simi y otras trataban de estirarle las orejas.

—¿Lo ves? —continuó Fuerza—. Son algo tremendas pero tienen un gran corazón y, además, siempre nos avisan cuando llegan visitantes, como tú.

—Fue un precioso recibimiento —dijo Nana—. ¡Cantan muy bien!

—Así es, Nana —dijo Valor el dragón—. Y cuéntame, ¿vosotras de qué os conocéis?

—Bueno, pues… Nana en realidad soy yo… Nos conocemos desde hace mucho tiempo, ¿verdad? —dijo Bella.

Fuerza y Valor intercambiaron miradas.

—Veréis, Bella es mi autorretrato y me invitó a venir a aquí —explicó Nana.

—¿Tu autorretrato? ¿Cómo? Vosotras no os parecéis en nada —dijo Fuerza.

—En realidad, no…—dijo Nana cabizbaja.

—Pero ¡claro que sí! Somos igualitas —dijo Bella abrazando a Nana por el hombro.

—Acercaros a la orilla del Lago —dijo Valor.

—¿Para qué?- dijo Bella.

—Quiero que veáis algo.

Las dos niñas se acercaron a  la orilla y se agacharon.  Bella se contempló en el agua.

—Mírate, Nana, ¡es divertido! —le dijo Bella.

—No quiero —dijo Nana algo molesta.

La pequeña Corazón se acercó por detrás y empujó un poquito a Nana. En ese pequeño impulso la niña perdió el equilibrio y se inclinó poniendo sus manos en la orilla, no pudo evitar reflejarse en el agua.

—¿Qué ves? —le dijo la dragoncita Corazón.

—Veo, veo…—Nana parecía confundida—. Qué extraño, algo pasa en el agua.

—¿Por qué, pequeña? —preguntó Fuerza con una media sonrisa.

—Ese reflejo no soy yo… Es Bella.

—Ah, es eso… Entonces ¿no te gusta lo que ves? —le preguntó Valor el Dragón.

—¡Sí, claro! Bella es muy bonita, pero… no soy yo.

—Claro que Bella es bonita, ¿viste también su reflejo? —le preguntó Corazón.

—Sí… —dijo Nana sonrojándose—. Su reflejo soy yo.

—Así que también te gusta lo que refleja Bella —dijo Valor sonriendo a la niña.

Nana se sonrojó.

—¿Entiendes lo especial que eres, Nana?—le preguntó Fuerza—. Interiormente eres tan bonita como te dibujaste y aquí en el lago llegaste a ver todo lo bueno de ti misma. Toda la belleza que tienes.

Nana se levantó y abrazó a Bella, las dos niñas miraron de nuevo al agua felices de contemplarse cada una en la otra.

—Nunca os olvidaré —dijo Nana dirigiéndose a los tres dragones.

—Lo sabemos, pequeña. Vivimos en ti, tú nos creaste. Recuerda siempre el valor, la fuerza y el gran corazón que tienes. Son el gran tesoro interior que se ve allá fuera.

Se hacía tarde.

—¡Te echaré de menos, Bella!

—Y yo a ti, querida, pero sabes que siempre voy contigo.

Las niñas se fundieron en un abrazo.

—¡Vamos! ¡Sube a este árbol! En él encontrarás el camino de vuelta.

Nana subió por unas escaleras que llevaban a lo alto del árbol. Se detuvo un momento.

—Oye, Bella, ¿por qué cuelgan todos esos papeles de los árboles? No hay hojas.

—Son los árboles de los deseos —explicó Bella—. En esos recortes de papel están escritos, o dibujados, los sueños de muchos niños. Los duendes del valle, que viven en el tronco de cada árbol, son los encargados de cuidarlos y hacerlos crecer para que florezcan en primavera.

—¿Saldrán flores? —preguntó Nana maravillada.

—Sí, cada papel será una flor y un deseo cumplido. Ya pronto florecerán los tuyos.

En la copa del árbol Nana vio un gran tobogán. Colocó a Simi entre sus piernas y se deslizó.

—¡¡¡Uuuuuuuuuuuuuuuuuuau!!! —gritó Nana.

Había anochecido cuando Nana despertó de su sueño. Escuchó la voz de su mamá:

—Cariño, ¡baja a cenar!

—¡Sí, mami, dame un segundo!

La pequeña miró a su alrededor, Simi estaba a los pies de la cama observándola.

—¿Sabes qué pienso, Simi? Que esta habitación necesita un espejo.

El dibujo de Bella seguía en la pared. Lo descolgó y lo miró un segundo.

—Gracias por todo, Bella.

Guardó el dibujo en un cajón y en el espacio vacío de la pared colgó un espejito.

—¿Qué te parece, Simi? En este reflejo siempre viviremos las dos,  como en el Lago.

 

                                                                                                  ©Nuria Caparrós Mallart

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