AMOR AMOR

EL ÁRBOL DE LOS SUEÑOS

mimosaMaría estaba sentada frente a su ordenador con la mirada impávida. No sabía qué escribir, ni qué pensar, lo peor era no sentir. Sus pensamientos golpeaban con fuerza su cabeza y, lejos de encajar todas las piezas del puzzle, parecía que el cerebro se le escurría hasta desaparecer por debajo de las paredes de la oficina. En el fondo de ese cuadro estático, el murmullo lejano de unas voces y el timbre de varios teléfonos.

De repente un golpe seco y un grito la aterrizaron a la realidad:

—¡A la mierda, hombre! —Sandra, su compañera de trabajo, colgó el teléfono.

María la miró de reojo, con fastidio.

—¡Cómo está la gente de quemada! —continuó Sandra—. Llaman para ver a quién pueden joder. Odio este trabajo. —Escupió el chicle de la boca, que aterrizó fuera de la papelera, y se levantó de su asiento.

María volvió la mirada a su ordenador.

—Me voy al retrete, a cagarme en todo de una vez, ¡ja! —dijo mirando a María que, de nuevo, permanecía ausente.

El teléfono de Sandra sonó. María alargó su brazo y descolgó:

—Seguros Monroy, espere un momento, por favor. —Puso la llamada en espera.

El protector de pantalla del ordenador le nubló la vista: “Hora de un descanso”, pensó. Eran las once. No había supervisora ese día y decidió hacer su descanso un poco antes. La jornada era de ocho largas y tediosas horas vendiendo seguros médicos por teléfono y, por otra parte, tratando de retener a clientes en proceso de baja del servicio. No era el trabajo de su vida ni su día. Llevaba casi tres años en aquella compañía, una mutua de seguros médicos, y su condición física y mental era la de una olla a presión a punto de explotar. El ambiente era gris y tóxico.

Lo único que le gustaba de su trabajo era el exterior. Trabajaba en la tercera planta de un edificio de diez niveles ubicado en una zona muy tranquila, con poco tráfico y rodeada de un gran jardín.  María bajó las escaleras de dos en dos para aprovechar al máximo su descanso. Evitaba el ascensor para no tener que soportar diálogos estúpidos y forzados con malos desconocidos o buenos por conocer.

Al llegar a la salida se encontró con la cara siempre amable del conserje, que barría.

—Buenos días, María —dijo sonriendo.

—Hola, Roberto, ¿todo bien? —contestó divertida.

—Esta mañana luce hermosa.

—Sí…  —suspiró—. Daría lo que fuera por sacar mi zulo al jardín en días así.

—Hablaba de usted, señorita… —dijo Roberto riendo con sus ojos.

María se sonrojó. Aquel hombre siempre lograba sacar lo mejor de ella misma, una bonita emoción.

Roberto tenía 53 años y era brasileño. Vino a España por estudios. Conoció a una bella andaluza con la que se casó al poco de conocerse,  se quedó embarazada muy pronto. Enviudó a los dos años de casado, tenía 31, y desde entonces su vida eran sus hijas mellizas, Juliana y Patricia, de 20 años. Su sueño hubiera sido ser médico, pero el embarazo repentino de su novia provocó que renunciara a su verdadera pasión y se dedicara enteramente a cuidar de su familia. Decía que no estaba arrepentido de esa decisión, que sus hijas crecieron sanas y felices, y que eso era lo único que importaba. Pero María estaba acostumbrada a percibir el sentido y la vibración de una voz, quizá por su trabajo, y sabía cuánto le costaba a Roberto empezar una frase cuando se trataba de recordar la carrera que nunca terminó. Suspiraba, y sus palabras se entrecortaban para acabar en un “En fin….”. Cuánta resignación.

Era el conserje del edificio, una mútua dedicada también a los seguros médicos, quizá una parte de él encontraba consuelo viendo a los profesionales de la salud entrando y saliendo del edificio, la mayoría con caras amargas y desposeídas de ilusión. Había poco del amor y entusiasmo que algún día él había sentido por la profesión. De algún modo, con ese paisaje gris, se engañaba creyendo que su renuncia fue mejor la decisión.

María escogió la hierba para descansar un rato bajo la sombra de una mimosa. Le encantaba ese árbol. Había leído que era un árbol que tenia alma y que en tiempo de los egipcios se consideró un árbol sagrado. Bajo su cobijo María sentía que nada malo podría sucederle.

Su chaqueta le sirvió de improvisado asiento. Adoraba ese rincón y, de hecho, estaba muy solicitado siempre, pero en esa ocasión pudo acomodarse bien y tranquila. Mordió la manzana que traía en su bolsa, se desabrochó el pantalón y se quitó los zapatos.

Cerró los ojos, corría una brisa fina y la respiró profundamente. Sintió el corazón y el pulso acelerados, respiró profundo otra vez. De repente algo peludo le tocó los pies, abrió los ojos sobresaltada.

Un perrito negro de raza Schnauzer olía sus tobillos, María sonrió.

—¡¡Milo, Milo!! —gritó un joven que se acercaba con paso ligero.

María acarició al perro que miraba atento la manzana.

-—Ven aquí —dijo el muchacho—. Perdona, un pequeño descuido y se va a hacer amigos.

—No te preocupes, parece simpático —contestó María alzando la mano, su manzana peligraba. Milo daba saltos tratando de alcanzarla.

El joven lo ató a su cadena, y lo cogió en brazos. Sonrió a María ruborizado.

—¿Es cachorro, verdad? —preguntó ella.

—Eeh… sí, tiene apenas cinco meses. Fue un regalo de mis padres.

Yo no tengo mascotas. Eso de la responsabilidad no va conmigo. No sé, me da miedo cuidar de un animalito, creo que no sabría y, además, implica algo de sacrificio. —María mordisqueó su manzana.

—Tienes que amar a los animales, si no es imposible hacerte cargo de ellos como merecen —explicó el muchacho—. Así que mejor no lo hagas. Mucha gente los tiene por capricho nada más y la mayoría de las veces acaban abandonándolos. —Su mirada se apagó un poco.

El joven acarició y besó a Milo. María esbozó una leve sonrisa, sintió ternura.

Era muy atractivo, tenia el cabello un poco largo y castaño, ondulado y tenía unos expresivos ojos color miel. Era alto, bien formado y vestía de sport. Tenía una pequeña cicatriz debajo del labio inferior derecho. A María le pareció sexy.

—Por cierto, me llamo María —dijo levantándose de la hierba.

—Yo soy Daniel. —El joven extendió su mano, pero María se adelantó besándole en la mejilla.

—Encantada.

Daniel se sonrojó. Le impactó su espontaneidad y además, le parecía hermosa.

María tenia un brillo mágico en sus grandes ojos verdes. Su piel tan blanca contrastaba con un largo y rizado pelo cobrizo. Siempre lo llevaba recogido. Aquel día llevaba una trenza y a Daniel le pareció estar viendo una sirena. Ella no parecía de este mundo. Era especial.

—Bueno, Daniel —dijo algo nerviosa—, debo irme ya. Trabajo en ese edificio. Solo tomaba un pequeño descanso.

—¡Ups! Lo siento, nosotros te lo interrumpimos.

—¡Nooo, qué va! ¡Para nada! Ha sido divertido —contestó María eufórica—. De hecho, agradable…

Daniel dejó a Milo en el suelo.

—Oye, si te apetece otro día podemos seguir charlando en tu rato libre. Trabajo tres días a la semana en un gimnasio que está a dos manzanas de aquí. Soy entrenador de fitness y educador físico.

María no pudo resistir echarle un vistazo de arriba a abajo, disimuladamente.

Al fin dijo:

—¡Eso sería fantástico! —El corazón parecía salir de su pecho. Trató de decir algo coherente—. Te dejo mi número. —María buscó nerviosa una tarjeta por los bolsillos del pantalón mientras le sonreía temblorosa.

—No te preocupes, dímelo y lo agendo —dijo Daniel.

—Ya sé, están en mi bolso.

Daniel la observaba mientras ella buscaba una tarjeta entre sus cosas. Le encantaba su figura. En ese instante María lo miró y él trató de desviar la mirada.

—¡Ya está! Aquí tienes también mi e-mail —dijo María.

—Gracias. Te haré llamada una perdida y agendas el mío, ¿te parece? —sugirió Daniel.

—Perfecto.

—Pues ya está, en la semana te llamo. —Daniel besó a María en las mejillas—. Ha sido un placer. Hasta tendré que agradecerle a Milo que te quisiera conocer.

Los dos rieron.

—Hasta pronto, Daniel y… Adiós, Milo —dijo María agachándose para acariciarle.

En ese gesto se dio cuenta que traía un botón del pantalón desabrochado. Asomaba su ropa interior. María dudó en levantarse, sintió bochorno.

El joven estiró de la cadena de Milo.

—Adiós, María —dijo mientras se alejaba.

Se quedó de cuclillas haciendo un tímido saludo. Estaba muerta de vergüenza. “¿Se habrá dado cuenta?”, pensó. Qué importaba ya.

Se levantó rápido y se abrochó. Miró a su alrededor, nadie parecía mirarla. Suspiró. Se puso los zapatos, recogió su chaqueta y su bolso y se fue corriendo hacia la oficina.

Roberto estaba junto al ascensor.

—¿No sube por las escaleras? —le preguntó a María.

—Ahora no, me siento más sociable esta mañana —contestó sonriente.

—Me parece muy bien, no podemos estar siempre enfadados con el mundo.

—¿Tú lo estás, Roberto? —preguntó intrigada.

—Solo a veces, pero se me pasa rápido cuando la veo a usted. —María le puso su mano en el hombro.

—¿Cuándo dejarás de llamarme de usted?

—¿Podría usted dejar de llamarme Roberto? —María se quedó pensando.

—Otra vez una de esas preguntas con trampa. —La chica frunció el ceño—. Poder, podría, pero no quiero.

—Exacto —dijo Roberto—. Poder, podría dejar de llamarla de usted, pero no quiero. ¿Suficiente? —contestó.

—Supongo que sí —contestó fastidiada. El ascensor llegó y le dio un beso en la mejilla a Roberto. Pulsó el botón del tercer piso y las puertas se cerraron tras ella. De nuevo aquella sensación de que la llevaban al matadero.

Cuando llegó a su puesto Sandra parecía enojada, como de costumbre. Antes de que María pudiera decir nada gritó:

—¡Cómo se te ocurre hacer tu descanso al mismo tiempo que yo! Tuve que atender tus llamadas.

—Pero ¿qué dices? Tú nada más fuiste al baño, se supone que tenías que regresar a tu lugar.

—Pues supusiste mal, me largué a hacer un cigarrillo.

—Debiste habérmelo dicho y no me hubiera ausentado —dijo María molesta.

—Mira, ¡que te den! —Sandra le dio la espalda y murmuró algo entre dientes.

En aquel instante sonó el móvil de María. Fue una llamada perdida. Pensó en Daniel. Se sentó en su lugar y registró su número. Aquello la regresó a un instante de felicidad. En medio de aquel caos y aquella energía tan revuelta podía haber algo de bueno. La llamada de aquel chico  fue un respiro.

—Y te diré algo más —prosiguió Sandra mientras asomaba su cabeza por el biombo que las separaba. Pero María no la dejó continuar.

—¿Sabes qué, Sandra? ¡¡Cállate!! —María gritó de tal modo que provocó el silencio casi inmediato del resto de sus compañeros.

Sandra se quedó muda. Nunca había visto a María así.

—Si estás amargada es tu problema, si no te gusta este trabajo, es tu problema; si no te gustas tú, es tu problema; y si tienes que atender mis llamadas también es tu problema pero ¡¡déjame en paz!! Hay cosas y personas más importantes en este mundo donde poner mi atención, por ejemplo yo.

Solo se escuchaban sonar los teléfonos. Nadie parecía responder atentos a la escena. María era una mujer aparentemente tranquila, trabajadora y muy educada con sus compañeros. Tanto que prácticamente no discutía por no entrar en conflictos, y creaba así una atmósfera en general muy agradable. Aquella reacción los dejó atónitos, pero la comprendieron.

Sandra, con sus constantes quejas, protestas y actitudes negativas había llegado a afectar a María que luchaba cada día por encontrar su equilibrio. Aquella mañana no pudo más. Pensaba en la bondad de Roberto, en  la lucha interior tan fuerte de aquel hombre que no se quejaba, que perdió a su mujer, que tanto amaba, que renunció a sus sueños, que cuidaba de sus hijas y tenía una sonrisa y una palabra amable todos los días. Recordó  la ternura de Milo, su actitud inocente y juguetona y el mágico encuentro fortuito con Daniel. Todo ello le hizo coger fuerzas y rebelarse ante tanto victimismo y  negatividad.

Sandra sollozaba pero María continuó trabajando, ya no permitiría que su compañera influyera en su estado de ánimo. Había decidido ser feliz cada día, o al menos intentarlo. Finalmente era su decisión.

Al acabar la jornada recogió sus cosas y antes de salir se dirigió a Sandra. No la había escuchado quejarse el resto de la tarde.

—Trata de ser feliz con todo lo bueno que tienes —le dijo María amablemente—. La vida es un regalo.

Sandra arrugó la hoja de papel que leía, miró por encima del hombro. La chica había desaparecido.

María se acercó a la recepción. El conserje ya no estaba.

—Irene, te pido un favor —dijo a la recepcionista.

—Claro que sí, dime.

—Mañana cuando veas a Roberto dale este sobre. Quiero que lo abra antes de que yo llegue.

Irene miró extrañada a María. El paquete pesaba un poco.

—Tranquila que no explotará, ¡ja,ja, ja! —dijo María.

Irene sonrió. Era una chica muy jovencita, acabada de salir de la universidad de Publicidad y Relaciones Públicas. Estaba en su primer empleo y era muy dedicada. Tenía una mirada limpia y llena de ilusión, iluminaba toda la recepción.

—Lo haré, María, no te preocupes.

—¡Gracias, guapa! Cuídate mucho.

—Igualmente, María, que descanses.

La tarde estaba fresca. Decidió ir en autobús a casa para no tener que caminar hasta el metro, que quedaba algo más lejos.

Entró un mensaje al móvil. Era de Daniel: Imagino que con este frío no descansarás debajo de un árbol. ¿Te apetece cenar con nosotros? Invito yo, ven porque Milo no me lo perdonará. Lleva un buen rato hablando de ti, le pregunté qué le pareciste y me respondió “guau”.

María soltó una carcajada. Respondió el mensaje: “Acepto esa invitación, no puedo fallarle a Milo. ¿A dónde voy?. Entró otro mensaje: Date la vuelta.

Bajo la mimosa estaban Daniel y Milo. María sintió una punzada en el pecho.

Se acercó a ellos, Milo ladraba y saltaba, parecía contento.

—De haberlo sabido me hubiera arreglado un poco más. No sé, pasar por casa y quedar más tarde…

Hacía mucho viento y Daniel le apartó el cabello de la cara.

—Estás preciosa. Incluso con el pantalón abrochado.

María se ruborizó, no pudo pronunciar palabra.

—Ey, que no pasa nada… —dijo Daniel cogiendo las manos de María entre las suyas—. Me dio ternura tu lucha para que no te viera.

Siguieron paseando agarrados de la mano. Hacia frío pero a María le invadía una cálida sensación de bienestar y dulzura.

—No sabemos nada el uno del otro…—dijo María mientras caminaban hacia el coche—.  Nos acabamos de conocer.

Daniel se detuvo y la miró.

—Fantástico. Eso quiere decir que necesitaremos el resto de nuestras vidas para saber más el uno del otro. ¿Crees que habrá tiempo?

—Habrá tiempo —contestó ella emocionada.

—Milo, ¿tú que piensas?

El pequeño Schnauzer miró a su dueño y ladró.

—¿Lo ves? Está alucinado contigo. ¡No dice otra cosa!

Los dos rieron y entraron al coche.

—María… Yo… quiero decir… Sé que no nos conocemos, tuve el impulso de venir a verte, para mí esto también es nuevo y siento cosas que… —María le interrumpió sellándole los labios con su dedo índice.

—Arranca el coche, Daniel. Me muero de hambre. Con el estómago vacío no me concentro.

Daniel besó su mano y arrancó.

Roberto empezó su jornada a las siete de la mañana con su tranquilidad habitual. Era el primero en llegar al edificio, media hora después lo hacía el equipo encargado de la limpieza, la mayoría mujeres.

Irene, la recepcionista, llegó a su puesto y saludó a Roberto.

—Buenos días, madrugador.

Roberto le devolvió la sonrisa diciendo:

—Ya sabes el dicho, a quien madruga…

—Y es muy cierto, amigo —dijo Irene con la sonrisa puesta—. Toma, este sobre es para ti. De parte de María.

—¿Para mí? —dijo extrañado—. ¿Estás segura?

—¡Pues claro! Lleva tu nombre además.

Roberto cogió el sobre.

—Gracias, Irene.

—No hay de qué. —La muchacha se dispuso a empezar sus tareas.

Roberto se alejó para mirar el contenido del sobre a solas. Era un libro, Donde tus sueños te lleven, de Javier Iriondo. Estaba dedicado:

Querido Roberto, quiero empieces este día creyendo que lo que deseas puede ser una realidad. Si puedes soñarlo, puedes vivirlo. Con cariño, María.

A Roberto se le humedecieron los ojos, sintió que Dios había puesto a María en su camino con un gran propósito para él, había esperanza.

Aquella mañana María no se presentó a trabajar, ni al día siguiente, ni al otro. Sus sueños la habían llevado a viajar a lo más profundo de su corazón, y aunque no podía ver hacia donde la llevarían, sabía muy bien que no había camino de retorno.

 

© Nur C. Mallart

Registrado en Safe Creative

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7 thoughts on “EL ÁRBOL DE LOS SUEÑOS”

  1. Gracias por explicar tan bellamente esta historia de ida y vuelta. Cuando en los encuentros, según mi opinión, surge alguna novedad, nos transforma y se instalada haciendo que la vida la veamos con otros ojos. Cuentas tan bien las historias, que haces que parezcan una película pero que la disfrutamos desde la imaginación. Gracias de nuevo por escribir «tan bonito» que dirías tu.

  2. Querida Luna de papel, Gracias por regalarme la historia y el arbol. ¡Me encantan las mimosas¡ por su vivo color, por la apretada textura de sus flores. por su abundancia y generosidad de flores, es un arbol donde acunar de forma grata al mejor de los sueños. Y tu has sabido hacerlo. Me ha recordado una historia que escribi en 1997 y que te adjunto. Espero te guste. Un abrazo, Emi

    _____

  3. Me ha encantado Núria, qué bonita historia y qué bien que la narras. Aplaudo la decisión de María. ¡Qué importante es no perder la esperanza! Un beso

  4. UUUUUUaaaaaaauuuuuu!!!!!
    Como tantas otras de tus historias, me enganchó de principio a fin y sobre todo me encantó ese fin. Uno debe seguir sus sueños y asentarse allí donde realmente se sienta cómodo/a, sin importar lo que la gente diga (aunque, esto muchas veces es bastante difícil).
    Estoy de acuerdo con Emi cuando dice que “la novedad nos transforma y hace que veamos la vida con otros ojos”.
    Me has hecho recordar y revivir esos momentos en los que conoces a alguien nuevo y que te llevan a gritar, a bailar, a reír, a escribir, a cantar, a vivir las cosas sin importar lo que pase alrededor…
    Así que, no me queda más que decirte: ¡gracias!

  5. Una historia molt maca pels valors que transmet (amor, confiança, esperança, fe en la vida…) i per lo ben narrada que està. Com diu Emi en el seu comentari a mi també m´ha semblat com una película, m´anava imaginant amb nitidesa la història. I sí, hi han moments a la vida en que, com dius a la última frase, saps que no hi ha camí de retorn… ja saps perque ho dic…
    Tens talent per a la escriptura, sens dubte!

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