CAFÉ DE NANTES

Otra vez, el humo del cigarrillo de la mesa de al lado no me deja concentrar. Cada exhalación de ese silencioso veneno me quema las pupilas y me es imposible ver más allá de mis narices y de las narices del camarero que, inquieto, observa fastidiado esperando anotar mi pedido.

 

Balancea su cuerpo al ritmo del sonido de las manecillas del reloj, vistazo aquí, vistazo allá, buscando desprenderse de mí como fierecilla acorralada en el tiempo…. y ese humo incesante enturbiando mis horas.

 

-¿Sabe lo que quiere o le doy un minuto?- me dice dibujando una sonrisa ensayada.

 

-Mmmm… ¿Sabe lo que quiere usted? ¿se lo ha preguntado alguna vez?

 

Me mira frunciendo el ceño, reconociendo al bicho raro ante él y su rostro se desvanece hasta convertirse en una bola de fuego:

-Está bien señor, regreso en un instante.

 

Ahora la tos… y sigue fumándose la vida y la mía. No puedo pensar, no puedo decidir qué ordeno.

 

Las mesas en Nantes están demasiado pegadas pero sin embargo a nadie le interesa saber quién vive al lado, nadie se observa y a nadie le importa lo ajeno, lo único a lo que se presta atención del vecino es su conversación, eso sí, solo si tiene tintes melodramáticos o pasionales. Allí es fácil escribir historias, inventarse personajes y desenlaces. Cuanto más drama mejor, si al que le ocurre una desgracia le sigue yendo mal perfecto, la esperanza no ocupa nunca espacio.

 

De repente unos pasos huidizos captan mi atención y despierto del letargo que produce estar mirando hacia la misma ventana desde hace horas.

 

La bocanada de un aroma delicado me erizó el cogote. Al girar mi cabeza la delgada silueta de quien parece una joven pasa por delante de mi despavorida.

 

La mujer sube apresurada por las escaleras que llevan al primer piso. Lo único que acierto a ver son unos botines de tacón alto y el vuelo de una falda. Desparece ante mí y trato de perseguir su paso en el techo. Demasiado ruido.

 

Arrastrado por un incontrolable impulso me levanto y me dirijo a las escaleras.

 

-¡Señor señor! ¿le sirvo algo?- grita otro camarero detrás de mí.

 

-Sí gracias, pero lo tomaré arriba, decidí cambiar de mesa si no es molestia.

 

-Eeeh…Por supuesto que no…- dice titubeando.

 

-Que sea un vinito y la especialidad de la casa para picar algo.

 

-Enseguida señor.

 

Siento que aquella mujer, sus pasos, me llevaron inexplicablemente a saber qué hacer, qué decidir e incluso hasta a dónde dirigirme. Respiro hondo y subo las escaleras de dos en dos con la emoción de un chiquillo. Como sintiendo que me espera una sorpresa anunciada o la aventura de un misterio sin resolver o hasta un regalo deseado.

 

Me encuentro con el cuadro que hay al final de la escalera, una esbelta y bella jinete en lomos de un caballo blanco. Viste una blusa blanca de cuello alto, una falda larga verde turquesa y bajo ella se aprecian unas botas de montar de estilo imperial. “¿Será ella? ¿se habrá esfumado a través del cuadro? ¡¡Ay qué cosas pienso!! mi mente debe estar abrumada en este ambiente de humo, tos, alcohol y cigarrillo”.

 

Siento ganas de entrar en ese cuadro y descubrir el misterio en los ojos de esa mujer…

 

-Disculpe, con permiso…- me dice un caballero.

 

-Perdón perdón- respondo dejándole pasar.

 

Descubro un par de mesas vacías y decidido escojo sentarme en una de ellas. Desde ese punto alcanzo a ver perfectamente todo el gentío ante mí. Lucho por encontrar a esa mujer o al menos adivinar quién de entre todas ellas podría ser. La más bonita, sin lugar a dudas, eso es lo único que sé.

 

-Señor, su vino y unos deliciosos montaditos de la casa.

 

-¡Gracias jefe!

 

– ¿Espera a alguien señor?

 

Me sonrojo, tengo miedo a ser descubierto en mis planes.

 

-No, bueno, en realidad sí, no sé…

 

-Está bien señor, disculpe la intromisión, solo que le veo preocupado.

 

-¿En serio? ¿Luzco preocupado?

 

-Un poco, sí- responde el camarero acercándose a mi oído.

 

-“Uy eso no es nada bueno…” pienso, – sentía que me delataba.

 

-Pero no se vaya a preocupar más por eso señor- me dice el camarero apoyando su mano en mi hombro- Disfrute de su vino.

 

-“Salud” le digo alzando mi copa…

 

El amable camarero se retira dejándome disfrutar de aquel dulce momento. A pesar de mi evidente estado de preocupación una parte de mí vibraba con la idea de poder cruzar por fin la mirada con la inquietante mujer. El vino, sin lugar a dudas, ayudaba.

 

Su perfume, con notas de almizcle y lavanda, permanecía en mí hasta hacer desaparecer aquella mezcla de perturbadores olores del Nantes después de casi 3 horas allí.

 

-¡¡Papá!! ¡¡papá!!- escucho los gritos de un muchacho.

 

– Que… ¿qué ocurre?- mi cabeza da vueltas-  ¿Dónde estoy?.

 

-Papá te quedaste dormido, siempre haces lo mismo- me dice una enérgica voz.

 

– Iván hijo, perdona, yo… – todavía no sé donde estoy, solo sé que todo está oscuro y una gran luz se impone ante mí.

 

– Te perdiste el final, Isabel acaba subiendo a ese tren y logra escapar, se va para siempre.

 

Ay Dios, estaba en el cine, recuerdo haberme quedado prendado por la belleza de esa actriz y, por un momento, cerré los ojos tratando de retenerla en mi mente, en el tiempo… Isabel, el personaje que me cautivó desde el principio, ¿a quién me recordaba esa mujer?

 

-Papá, ya vámonos, la sala está casi vacía….- dice Iván agarrándome del brazo.

 

– Sí hijo, vámonos y te invito a merendar mientras me cuentas lo que ocurrió en la película ¿te parece?

 

– Pues sí, qué remedio…- contesta fastidiado- vamos a Nantes papá, me encantan los chocolates suizos de allá.

 

Nantes, ahí continúo sentado yo, tratando de concentrar mi atención en el relato de mi hijo. Quizá sí que aquella misteriosa mujer se fue para siempre y aunque mi esperanza se quedó afuera, mi alma vaga dentro del cuadro desde donde ella cada día me mira.

 

©Nuria Caparrós Mallart

 

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